El Poder Detrás De Las Palabras

Se despertó aquella mañana con la inquietud e incertidumbre por lo que ocurriría en el curso del día. Tenía una entrevista de trabajo. Por fin estaba a las puertas de sobreponerse a la crisis atraviesa todo desempleado. Miró el reloj por segunda vez y se decidió a enfrentar la mañana.

Su madre fue la primera persona a quien le hizo el comentario cuando le servía el desayuno:--Es probable que no quede entre los opcionados—se tomó un poco más de café y continuó--: Es probable que elijan a otros. Hay gente más preparada que yo--.

--Anoche, cuando oramos en el templo, no teníamos esa misma actitud—interrumpió su madre.

--Si, pero eso fue anoche. Después de tanto pensarlo, creo que pierdo tiempo en ir. Pero iré--, murmuró.

Su hermanita menor iba de salida para el colegio:--Deseo que te vaya bien en la entrevista—le dijo.

--No creo, es muy complicado porque muchos llevaron sus hojas de vida. Pero agradezco tus buenas intenciones—respondió mientras continuaba con afán su desayuno.

En la entrada del edificio un guarda de seguridad. “¿Mucha gente ha venido por lo del empleo?”—preguntó. “Mucha” la seca respuesta del hombre.

--Lo sabía. Difícilmente me darán el empleo—comentó mientras iba en busca del ascensor.

Como es natural... no le dieron la plaza...

Lo que decimos trae consecuencias

Con demasiada frecuencia nos vemos envueltos en dificultades por no medir el alcance de nuestras palabras. En medio del problema desearíamos tener en nuestras manos la posibilidad de regresar el tiempo para corregir el error, sin embargo, está fuera de nuestro alcance.

Lo que decimos, queda dicho. Al referirse a la responsabilidad que debemos asumir con nuestras palabras, la Biblia dice: “La vida y la muerte dependen de la lengua; los que hablan mucho sufrirán las consecuencias”(Proverbios 18:21. Versión Popular “Dios habla hoy”).

El texto deja planteados dos aspectos de suma importancia. El primero, que la responsabilidad de todo cuanto expresamos es únicamente nuestra. La decisión de qué decimos o no, es de cada uno. De ahí que el mismo autor sagrado haya advertido: “El que mucho habla, mucho yerra; callar a tiempo es de sabios”(Proverbios 10:19. Versión Popular “Dios habla hoy”), y también:”Cuidar las palabras es cuidarse uno mismo; el que mucho habla se arruina solo”(13:3).

El segundo aspecto que amerita tener en cuenta es que todo aquello que verbalizamos desencadena consecuencias, positivas o negativas. Tornémoslo gráfico. Revise mentalmente aquellas personas que están a su alrededor y a quienes generalmente les va mal, o al menos, dejan sentadas las bases para un permanente fracaso.

Analice cómo se expresan. Descubrirá que sus palabras favoritas son:”No”,”Mal”, “Derrota”, “Imposible”, “Muy difícil”, entre otras.

El poder de la confesión verbal

Nuestra forma de establecer contacto con quienes se encuentran alrededor es con palabras. Las expresiones trazan un puente con el interlocutor.

El apóstol Pablo escribió en su carta a los Romanos algo de sumo interés:”¿Qué afirma entonces? ‘La palabra está cerca de ti; la tienes en la boca y en el corazón’. Esta es la palabra de fe que predicamos; que si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor, y crees en tu corazón que Dios lo levantó de entre los muertos, serás salvo” (versículos 8,9. Nueva Versión Internacional).

Cuando hablamos, testimoniamos aquello de lo que tenemos convencimiento. El Señor Jesús enseñó a un grupo de sus contradictores: “¡Generación de víboras! ¿Cómo podéis hablar lo bueno, siendo malos? Porque de la abundancia del corazón habla la boca” (Mateo 12:34). ¿Se da cuenta de la importancia de medir todo cuanto decimos?¿Había pensando alguna vez en eso?

La fe expresada en palabras

De acuerdo con hebreos 11:1 “fe es la garantía de lo que se espera, la certeza de lo que no se ve” (Nueva Versión Internacional). El Señor Jesús les instó a permanecer firmes en esa convicción, “Por eso les digo: Crean que ya han recibido todo lo que estén pidiendo en oración, y lo obtendrán” (Marcos 11;24. Nueva Versión Internacional). Hasta allí tenemos todo claro, imagino. Pero vamos a algo trascendental: Expresar nuestra fe.

Hay dos ejemplos sencillos. El primero, cuando Jesús iba de camino con sus discípulos. “Y viendo una higuera en el camino, vino a ella, y no halló nada en ella, sino hojas solamente; y le dijo; Nunca jamás nazca de ti fruto. Y luego se secó la higuera”(Mateo 21:19. Versión Reina Varela 1960). Observe que el Señor le habló a la higuera y verbalizó la sentencia. Y el milagro ocurrió.

Igual con un prodigio que tuvo lugar cuando Pedro y Juan iban al templo a la ora de la oración. Allí encontraron un hombre cojo de nacimiento. Dependía de la caridad pública, y como tal, les extendió la mano. “Pedro, con Juan, fijando en él los ojos, le dijo: Míranos. Entonces él les estuvo atento, esperando recibir algo de ellos. Más Pedro dijo: No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy; en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda... y al momento se le afirmaron los pies y tobillos”(Hechos 3:1-7).

La fe de los apóstoles estuvo acompañada de una confesión pública... y el milagro se produjo.

Palabras y milagros en su vida

Si me pidiese una conclusión, se la resumiré con sencillez: si tenemos fe y estamos pidiendo un milagro, está bien que confesemos que se realizará. “Yo creo que Dios me sanará”, “Estoy convencido que ese problema se resolverá con ayuda de Dios”. No me cabe la menor duda que los milagros se producirán. Hay fe y confesión. Una llave poderosa.

Ahora imagine que en oración pidió algo a Dios. Y apenas termina, comienza a preguntarse –a usted mismo o a los demás--:”¿Ocurrirá ese milagro? ¿Es posible que se produzca un hecho así a pesar de que la ciencia señala que es imposible?”. Usted mismo, con su actitud, está extendiendo un manto de duda y confesando incredulidad, es probable que nada ocurra.

Tenga presente este concepto: creer y confesar. No que siempre deba ser así, pero mirando la Biblia, es un hecho que ha sido eficaz cuando se aplicó este principio. Manifieste fe con su corazón y exprésela con lo que habla.