ADORACIÓN
 


“Yo soy el Camino,” dijo Jesús
Sólo Un Camino a Dios
Y es Él, una Persona...
No una idea, ni una tarea,
Ni un credo.

Marta Kilpatrick

Esta es la Declaración de Fe del autor:

Jesucristo, el único Hijo de Dios,
Vino en carne, derramó Su Santa Sangre en la
Cruz del Calvario por los pecados del mundo.
Él es el Señor del Universo, Rey de Reyes.

... y yo soy su Sulamita.

Te alabaré, oh Jehová, con todo mi corazón;
Contaré (recordaré y proclamaré)
todas tus maravillas.

Salmos 9:1

El que los hizo
al principio,
varón y hembra los hizo

Mateo 19:4

Esto trata acerca de una mujer...
pero no es un libro para mujeres.

Es un libro para todos aquellos que buscan al Salvador.

A los hijos, al igual que a las hijas, se les reclama
desde un lugar de Santa Reverencia,
a Sus pies,
junto a María, tu hermana...

...y a un estado de Santa Intimidad,
acurrucado en Su pecho
como Juan, tu hermano.

LA PALABRA DE SU VIDA

La Biblia nunca se diseñó para que fuera reducida al mero estudio ni insultada diseccionándola.

La Biblia está viva y... está diseñada para ser vivida.

Es una aventura personal.

Por la intensidad de vivir
bajo la Inquisitiva Luz de Dios,
la Biblia se convierte en el descubrir de la realidad,
no en una colección de sucesos.

Todos los tratos de Dios con nosotros tienen su contrapartida en la Escritura
y caminamos sobre las mismísimas
pisadas de sus personajes y
penetramos en el curso de su historia.

Sus luchas son nuestras luchas y
sus éxitos ocultan la llave que necesitamos.

Así entendemos al héroe sólo cuando
peleamos nuestras batallas y hallamos la victoria.

Estamos cerca de lo derrumbado cuando
admiramos nuestro propio tropiezo.

Los personajes bíblicos están para ser nuestros íntimos mentores,
y nosotros, sus humildes pupilos.

El lance consiste en encontrar tu camino presente y
tu actual compañero de fatigas
en las intrincadas cavernas de la Escritura.

Entonces conocemos a Dios como es Él en realidad,
alcanzable y cercano,
lucero para nosotros pero
acérrimo en
Su Inalterable Santidad y
Su Glorioso Plan...

INTRODUCCIÓN


La Biblia presenta muchas de sus grandes
verdades en pareja,
contrastando una frente a la otra...
y así,
en mayor revelación.

María y Marta comprenden tal yuxtaposición.

No pueden explicarse por las disimilitudes del
temperamento o personalidad.
No presentan caminos alternativos para seguir a Dios:

“Esta o aquella forma, la que se te adecúe mejor.”

María y Marta, símbolos de una elección...
entre aquello que gana a Dios
y aquello que lo pierde.

Defendemos en Marta aquello que Jesús condenaba.
Esto sólo demuestra que somos... Martas,
independientes y sordos a Su voluntad,
prestando oídos sólo a nuestra preferencia...
Igual que ella.

Dos sendas de elección:
Un camino de cómodo tránsito,
agradable a la humanidad, y
un camino austero, cerrado y oscuro.

Sólo un camino lleva a Dios y
“pocos son los que la hallan.”
Mateo 7:14


BETANIA

Cuando Jesús visita
algunos miran pero están ciegos,
algunos saben y son ignorantes.
Pero de vez en cuando alguien contempla
en santa admiración...

EL MINISTERIO DE LOS PIES


María siempre se hallaba a los pies de Jesús.

Se sentaba a Sus pies buscando enseñanza.

Se Postró a Sus pies en sufrimiento.

Ungió Sus pies para un funeral.

Enjugó Sus pies en agradecimiento.

He aquí toda la búsqueda de una vida de encuentros con Dios, perfilada,
trazada y coloreada en la experiencia de María.

Los pies son la parte más vulgar de nosotros.

Somos grandiosas y gloriosas creaciones,
mas los pies a todos nos recuerdan que estamos en el mismo sitio,
a nivel del suelo.

Los pies sólo sirven de agarradero y movilidad.

Nada más noble pueden hacer.

Los pies son humildes, en contacto con la tierra y, sí, representan esa vulgar realidad.

El resto de nosotros puede suspenderse en magnificencia,
pero ahí están esos pies innobles, viviendo en mugrienta realidad.

Antes de que el Cristo lavara los pies
de Sus más cercanos seguidores,

María lavó Sus pies.

Sólo las dos Marías y Jesús lavaban pies.

De todos aquellos que le seguían ella abrazó este
“ministerio de los pies.”

Sólo un cordón de cuero separaba los pies Judíos
del infinito polvo de aquella yerma tierra,
y a menudo no había sandalia...
tan sólo un pie desnudo tocando piedra y tierra.

Lavar pies; la más baja tarea para el siervo más plebeyo.

Nadie ambicionaba esta función...

Maloliente, desagradecida... sucia.

Pero este era su lugar, atesorado y anhelado.

No simplemente su posición o molestia,
sino su realidad... la descarnada realidad acerca de sí.

La abyecta humanidad de María
no podía hacer otra cosa.

El pie era su trabajo.

Sin vergüenza y en presteza,
ella lo hacía gozosa.

Debemos ser lo que somos.

Debemos tomar el lugar apropiado de quién somos.

María tocó la tierra,
no era mejor que ella, sino en conexión
de donde proviene ella.

En base a esta elemental verdad ella asintió en ser,
ser sencillamente...

sólo ella misma.

En tal menester abrazó la Idea Divina de ella
y halló el don de la dignidad
que apartó su individualidad
de lo vulgar.

Esta es la gran ironía del universo:
aquellos que se humillan a sí mismos al
fango de su origen
habrán de tocar el cielo.

Dios hizo a la humanidad del polvo.

Nosotros siempre mintiendo aferrándonos a ser más,
otra especie siquiera,
cualquier cosa excepto natural humanidad...

Pero somos barro y saliva...
y sólo la vasija que quiera ser de tierra es adecuada
para acoger el Gran Tesoro
vacía de presunción.

Ser “pie” es la senda,
el tosco camino que lleva a Él.

Sentada a Sus pies María oyó de misterios.

Inclinada a Sus pies vio la muerte destruida.

Ungiendo Sus pies se le otorgó alabanzas...
nunca oídas.

Cuando tomamos nuestro lugar espiritual a Sus pies,
Podemos tomar Su propio lugar de Rey
para repartir el poder y el tesoro de Su trono...

Gente democrática que transferimos
nuestro derecho de voto
al reino de dios.

Este Reino no es una república sino más bien una Monarquía,
agradable por la perfección de su Rey
y justa por la excelsa sabiduría de su Gobernante.

El que se sienta a Sus pies le ha coronado
y disfruta del Reino Invisible
de Su Reino Absoluto y Suprema Protección...

Nuestro ministerio con Él siempre ha de empezar,
cada día debe empezar, a Sus pies.
En total rendición;

una postura humilde ante Él.

Nos transformamos en sus pies.

¡Sentados a Sus pies, nos transformamos!

Sólo a Sus pies... siendo Sus pies somos elevados...
sólo allí podemos ser
Su mano venerada...
Su libertadora influencia...

Somos Sus pies en esta tierra,
Él, nuestra cabeza sentada sobre el Trono del Universo,
Nosotros, Su cuerpo literal
sentado a Sus pies.
Maniobramos Su parte terrenal.
¡Somos Sus pies!
Pero nunca bajo Sus pies, hollados y pisoteados.

Los pies son la historia del evangelio:
el Mismísimo Hijo de Dios pisó
la sucia tierra entre nosotros.

Ahora habremos de andar Su tierra,
sobre preciosos pies calzados con el evangelio...

Habremos de andar como gente corriente
infundidos con un Dios Extraordinario.

El camino hacia Dios siempre es cuesta abajo,
Él se encarga de “subir.”

EL SAMARITANO

Había una casa en la que Jesús se sentía como en casa. Sus amigos en esa casa eran una familia:

Lázaro, Marta y María.

Cada cual,
una historia contada para la eternidad.

Pero antes del relato vemos el lugar donde acontece.
La escritura tiene su orden y ese orden cuenta
de otra dimensión a la historia,
...desvela su secreto.

La historia parece que comienza en Lucas 10:38 en el pueblecito de Betania, pero se engendra en realidad en el versículo 21 con el rechazo de dos ciudades que no creían en Jesús ni estaban conmovidas por sus milagros.
En respuesta, Jesús “se regocijó en el Espíritu, y dijo: Yo te alabo, oh Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas de los sabios y entendidos, y las has revelado a los niños (los que son como niños, inexpertos y sin instrucción). Sí, Padre, porque así te agradó.”
Lucas 10:21

Ese pasaje establece como un principio
lo que María ilustraba en vida.

Marta nos desvela el ego propio del cual
Su vida se escondía
y María es el niño, al descubierto y sencillo,
a quien Él habría de ser revelado.

A continuación un jurista vino a tentarle
con una pregunta.
“Maestro, ¿haciendo qué cosa heredaré la vida eterna?”
Jesús siempre hacía al engañador
responder su propia pregunta.
Sabiendo que el letrado le estaba tentando sobre
la adhesión a la ley,
preguntó, “¿Qué está escrito en la ley?”

El letrado respondió con el primer y segundo mandamiento:
“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas, y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo.”
Entonces Jesús contó una parábola, una historia con significado oculto para ilustrar la pregunta
“¿Quién es mi prójimo?”

A la parábola la llamamos “el Buen Samaritano.”

“Un hombre descendía de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de ladrones, los cuales le despojaron; e hiriéndole, se fueron, dejándole medio muerto.

Tanto un sacerdote como un levita pasaron de largo con asco, negándose a ayudar, ¡dejándole morir!
Pero el samaritano “vino cerca de él, y viéndole, fue movido a misericordia; y acercándose, vendó sus heridas, echándoles aceite y vino; y poniéndole en su cabalgadura, lo llevó al mesón, y cuidó de él.”

La parábola es un acertijo que debes resolver,
con el propósito de hacerte volver
a una búsqueda de Dios.

Una parábola es una pregunta acerca de ti más que una respuesta para ti.
No obstante, oculta como una semilla de oro en el negro suelo de la historia se halla
tu respuesta, profunda y preciosa.

La parábola es una verdad disfrazada como un cuento
que parece ser una cosa pero significa otra.
Esta historia cuenta de una buena persona,
que ayuda al que no se puede ayudar.
Y así ha sido interpretada por los siglos.
El epítome de un buen prójimo.

Y esa es una buena forma de verlo...
pero el verdadero significado,
oculto y precioso, es este:

El hombre caído es Cristo y la descripción de Su crucifixión.
Él fue despojado de sus ropas, Él fue herido.
Él fue dado por muerto.

El Samaritano es aquel que se detendrá en la vida y ministrará a Jesús, siempre ungiéndole por Su continuo sacrificio a manos de los ignorantes y obstinados...
al cuidarse de Sus cuitas.

Pero por favor ten en cuenta la advertencia del cuento:
el que toma el lugar del Samaritano siempre será un ajeno a los religiosos, ofensivo a lo legal
igual que Él lo era...

Después de esta parábola, Jesús partió a casa de María y Marta y así comienza la imagen viva —en María—
del mandamiento: ama a Dios
y de la parábola: úngele por Sus heridas.

María, por amor de Él, era la Samaritana
ungiendo Sus heridas
antes de que Él fuera herido.

MUCHAS COSAS

“Marta, Marta, afanada y turbada estás con
muchas cosas... ”

Jesús se detuvo un día en Betania y Marta se apresuró a solucionar su almuerzo y ponerle cómodo.
Optó por relacionarse con su humanidad...
Marta habría de alimentarle.

María se acallaba a sí misma cuando Él estaba en casa.
Optó por relacionarse con Su divinidad...
María se alimentaría de Él.

En su estado de ruidosa acción, Marta se quejaba a Jesús. María no estaba trabajando y le dijeron a Jesús que la corrigiera.

A Jesús siempre se le ordena que obedezca a aquellos que trabajan para Él,
pero aquellos que se menosprecian a Sus pies...
dejan que Él sea Él Mismo.

Así pues el alarmante contraste entre ambas mujeres permanece para
enseñarnos lo que a Él le gusta
Y lo que a Él no le gusta.

El hacer estridente gala de tus labores es actuar
para la audiencia de la humanidad.

Un verdadero siervo no exige ayuda,
esquiva la atención.

La reprensión de Jesús hacia Marta en la lengua griega conlleva una corrección áspera y severa. Estaba equivocada. Punto.

Tan embebidos estamos en el error de trabajar PARA Dios que estamos decididos a defender a Marta.
Al esforzarnos en otorgarle deuda, cierto mérito,
estamos defendiendo nuestras propias labores
y esperando también que ellas valdrán para con Dios.
Jamás lo harán.

No yerres, Jesús increpó a Marta.

La vida de Marta era múltiple,
dispersa en la fiebre de muchas abstracciones,
confusa por muchos amores propios.

La vida de María era simple,
purificada y destilada hacia
aquello que ella consideraba esencial,
su objeto de amor,
Uno aparte de... ella.

La vida es un conjunto de tentadoras trampas.
Cien senderos amistosos nos hacen señas,
prometiéndonos un mágico destino.
Mas recorrer tan grande número de avenidas sólo ofrece un “laberinto”, un fútil enredo
sin escape y sin propósito,
y ese el espléndido misterio de nuestra existencia
se pierde en una circunferencia carente de sentido.

La vida no es una serie de caminos, de avenidas que explorar.
Y la vida no se trata de actividad.
La vida es un conjunto de valores, los cuales —si no se escogen con cuidado— llegan a la esclavitud en demanda de lo ridículo.

Marta vivió en caminos y en actividades, no en valores deliberados. Jesús le diagnosticó:
ni productiva ni responsable, ni noble ni justa.
Nada elogió de lo que hacía. ¿Lo entiendes? ¡Nada!
El retrato del seco hueso que era su inútil vida es este:
“afanada y turbada estás con muchas cosas.”

Si vives con “muchas cosas”,
preocupación y enfado es tu hábito diario.

A la inversa, si “preocupación y enfado” es tu hábito, señal de que estás en tortura de “muchas cosas”. Muchos caminos. Muchas ambiciones.
El trabajo es un dios penoso cuya recompensa tiene siempre un extraño vacío. Nunca compensa la carga de amor que se le anticipa. Pero nuestra fe en ese dios no se desanima por la horrible paga.
Seguimos ofreciéndole nuestra mayor concentración y nuestro más sutil esfuerzo
aunque devora... siempre más.

Vivir para trabajar, —vivir PARA el trabajo— sólo acoge agrio aturdimiento porque
Dios no se impresiona.

Un necio cualquiera puede girar sobre sí y llamarlo “noble obra”.
Descerebrada tarea, aún los caballos realizan.

El trabajo es la medida de la humanidad del valor de una persona.
Se le pesa sobre la escala de la productividad y
cuanto más esclavo, tanta mayor significancia adquiere aquel.

Cuanto más mártir de la tarea sea, mayor simpatía
y admiración obtiene
y esa breve atención es su paga final.
Pero es una paga que compra... poco del mañana.

El trabajo de Marta se hacía para
ganar aplauso y atraer Su atención.

Estaba comprando Su admiración,
pagando por Su amor.

Pero Él no estaba en venta y
ella se sintió engañada.

Así que pensó que le ayudaría a ver...

Su petulancia
“Señor, ¿no te da cuidado?”
era el gimoteo del ego en pena
¡un vergonzoso insulto a Su amor!
Era Marta quien no se cuidaba... de Él.

Siempre somos expuestos en la medida
de nuestro acusar a Dios.

LA ELECCIÓN

“María ha escogido la buena parte.”

Jesús explicó la diferencia
“María ha escogido”, dijo Él.

Nada complejo, nada difícil
la respuesta era muy, muy simple.
No que María fuera indiferente,
impía o vaga.
Ni que María lo tuviera más fácil...

Sólo esto:

María escogió... y ella le había escogido... a Él.

Explica esto su actividad
que Marta tenía por
inactividad.
Era este el resultado externo de su secreto motivo,
la punta de lanza de su poder postrarse,
escuchar,
ver
y sobre todo... estar en calma.

Su poder provenía de su elección.
En medio de las posibilidades, de las multiformes oportunidades, de una miríada de opciones, María le había escogido a Él como su mayor tesoro,
su meta, lo que tenía la suficiente importancia para dejar que todas las demás importancias sencillamente... se fueran.

No que María pudiera optar y pobre Marta,
demasiado ajetreada en mundanas tareas
no tuviera tiempo ni oportunidad de escoger.
No, Marta había elegido tarea y María había elegido a Jesús, y la opción de María se mostró superior.
“María ha escogido la buena parte.”

Aquello que escoges se apodera de ti y te impulsa. Esta resolución tuya tan fuerte es que perfila su propia autopista y te conduce a su destino.
Una vez que tu elección es hecha, no has de gobernar.
Te gobierna.

Estás poseído por tus decisiones.

Esclavo te encuentras de tus elecciones y
habrá de ser lazo o gozo...

Marta soportó una miseria desfigurada.
María disfrutó la dicha de la quietud.

Hoy eres lo que escogiste ayer.
La elección pudiera parecer involuntaria,
pero nunca es así.
La opción es siempre deliberada.

El escoger pudiera ser casual, flotando sin esfuerzo sobre la corriente.
La indecisión es la decisión de no decidir
y como tal... rige.
La decisión nos guía.
Tú eliges. Tú siempre eliges.

La voluntad es la fuerza, el poder, el timón
que Dios sustenta y ordena a los cielos sostener.

La libre voluntad es don que nos distingue
de toda la creación.
Dios otorga ese don y no lo rescindirá.
Ofrece profundo respeto a nuestros propósitos.
Ni siquiera nosotros podríamos
mostrar tanta consideración.

Ni siquiera podríamos nosotros entender
el terrible poder,
las habituales consecuencias irrevocables
de la opción adversa.

¡Nuestra propia opción!

No lo que “nos hacen”,
ni lo que está fuera de nuestro control,
sino aquello que está pasmosamente dentro de nuestros parámetros,
lo que nosotros mismos dirigimos en secreto
mediante la preferencia que apoyamos, o los deseos
que escogemos respaldar.

Ese inmenso poder de decisión asume nuestro control.
Hoy eres lo que escogiste ayer.
Hoy pierdes lo que no se deseó ayer.
Mañana tendrás lo que escogiste hoy.

Fluimos en la incontenible corriente de
nuestras necias elecciones y no podemos nadar contra esa marea.
El vigoroso flujo se impone por
nuestra voluntad y desear.
Siempre comiendo del fruto de la
semilla de nuestras secretas intenciones.

No obstante, con tenacidad creemos que somos víctimas en patente ineficacia de
un universo que se opone a nuestros más férreos intentos.

Esto es cierto: Oposición da mano a toda decisión.
María confrontada por familia,
pero Marta confrontada por Dios Mismo.
Tu elección elige oponente, pero escoge uno, tú eliges.

¿Ves?

Eres libre de escoger pero sólo escoger “aquella cosa” —la que es “mejor”—
te acerca al descanso y a la defensa intercesora de un Dios Protector que aborda a tus insignificantes adversarios... todo por Sí Mismo.

UNA COSA

Jesús agregó insulto al daño de Marta.
Señaló a su hermana como el ejemplo de Su placer.

“...Pero sólo una cosa es necesaria; y María ha escogido la buena parte...”
Lucas 10:42

¿Una cosa? ¿Entre todas las “cosas”?
¿Qué es la cosa que es mejor que toda otra cosa?
¿Qué hace a las otras irrelevantes?
¿Rendición a sus pies? ¿Un esclavo subordinado?
No, Él quiere amigos, no vasallos.
¿Reverencia por Su categoría?
No, Él quiere amantes, no monumentos.

Quiere a aquellos que le ofrezcan su mundo interior,
que superen su intelecto,
que disminuyan su independencia
por el único propósito de estar junto a Él.

María tenía una agenda trascendental e infecunda.
Y esa agenda era... no tenerla.
Todos los propósitos eran Suyos en origen.
Toda actividad era Suya prescribirla.
Se acercó a Él en íntima reverencia,
lo suficiente cerca para escuchar —si nada más fuera—
Su aliento.

En descarada conciencia de Él.
cada deseo y cada enfoque en Él estaba centrado.
En Él, solamente.

María nunca cedió a la disputa
que se arremolinaba en torno suyo.
Su concentración inquebrantable por la crítica,
nunca hubo de entrar en la lucha que su postura había originado.

¿Qué era la cosa?
Otros hubo que la hallaron también.

Dijo David, “Una cosa he demandado a Jehová, ésta buscaré; Que esté yo en la casa de Jehová todos los días de mi vida, Para contemplar la hermosura de Jehová, y para inquirir en su templo.”
Salmos 27:4

Al igual que Pablo. “...aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo.”
Filipenses 3:8

Hay quienes quieren conocerle más
de lo que quieren conocer...
cualquier otra cosa.
Aquellos que hierven y destilan sus vidas
hasta el hueso mismo de
Jesús en quién hallan más fascinación
de la que pueden manejar.

Y estos son aquellos con quienes Él se sienta.

LA BIENVENIDA


“... entró en una aldea; y una mujer llamada Marta le recibió en su casa. Esta tenía una hermana que se llamaba María, la cual, sentándose a los pies de Jesús, oía su palabra.”

María, la definida por su relación con Marta como
“su hermana”, fue puesta bajo el eclipse de la energía motriz de Marta. Pero María se movía para sentarse
a la sombra de Otro.
Ella tomó su lugar en el suelo.

María le recibió.

Marta sólo le había saludado...
con estrepitoso aplauso y tal vez rimbombante orgullo.
Él, el famoso, venía a su casa.
Se decía que era su casa.

La orgullosa se digna a dar a cambio en conspicua generosidad.
La humilde
—sólo consciente de una macilenta pobreza—
se sienta a mendigar.

Nada tenemos que decir a Dios excepto gracias.
No hay lugar que ofrecerle más que un hogar en nuestro corazón.
No hay don que ofrecer más que desnuda receptividad.

María le recibió... en los dos únicos tesoros de la vida:
su corazón y su tiempo.
Este era su hogar.

Le otorgó el lugar donde ser Él Mismo,
en el que definir —revelar— Su Propio Espléndido Ser.

Ningún otro hizo tal cosa,
ni siquiera los discípulos que le querían como el superhéroe de su imaginación.

Para María ofreció Él Sus secretos.
Los pequeños castores en defensa de su presa,
no tienen tiempo de cortejar secretos con Él.

Al final, Marta halló en Él
una punzante interrupción de su invento,
un desagradecido intruso en su alma.
No quería ella ser percibida por Dios,
sólo por el hombre.

En realidad sólo María hubo de ofrecerle abierto convite
a Su propio dominio.

Después de todo... era Su hogar.

LA TAREA

Una tarea válida nos espera:
Una tarea del diseño de Dios.
Una tarea que convoca al valor,
Un cometido de sudores que es
nuestra mayor aventura.

Jesús respondió
a la legítima consulta de hombres responsables
“Dinos cómo poner en práctica las obras de Dios.”

“Obras”, dijo Él, eran estas:
“que creáis en el que él ha enviado.”
Juan 6:29

...y es algo de lo más práctico.

Cree que el Hijo de Dios es
tu mismísima acción, tus obligaciones,
tu fuerza de vida.

Otro vive tu vida... por completo.
Hace tu trabajo para ti... no DE ti.
Otra Energía te moviliza.
Otra Vida por completo te impulsa,
y ese Otro Ser lleva a término tus tareas.

El trabajo para obtener esto es una inversión en
personal relación.
La poco ponderada labor de María:
construir una relación con el Hijo de Dios y
desde ese profundo parentesco
creer en Él.
Vivir POR Él.

Fundamentar una unión con el Hijo conocible
es un trabajo,
que requiere toda la energía y enfoque
de cualquier otro esfuerzo.

Requiere el empleo de una raída voluntad
para hallar a Dios cara a cara.

La actividad puede escudarte, reservarte y protegerte de esa Insostenible Mirada
en tu asquerosa nada.

La actividad puede enmascarar un alma vacía y otorgarte un disfraz fraudulento
de nobleza.

Pero para enfrentarse a Dios cuando éste llama
tu nombre
se necesitan más agallas que esfuerzo,
más sudor que ideas.

Y cuidarte de cosa alguna excepto Él
—nadie más excepto Él—
es una merma que implica esfuerzo
hasta la muerte misma.

María lo hizo. Trabajó para subyugar su mente a Su mente,
su vida a Sus deseos
su tiempo a Su placer,
su corazón a Su amor.

La obra secreta de María —por ser oculta—
no ganó elogio de sus semejantes.

Escuchar a Alguien que no seas tú,
escuchar a una Voz sin eco —porque no se oye—
es el más duro trabajo de la humanidad.
Tan duro que pocos lo harán.

Significa esperar, significa arriesgar. Implica la rendición de todo ardid, la pérdida de toda independencia.

El trabajo de la humanidad
es incrementar,
mas la tarea del espíritu oyente
es sólo decrecer.


Escuchar al Intelecto Divino está tan por encima de nosotros que es un extraño
a cada partícula de nuestra comprensión
—escuchar a Esa Voz—
es llevar a cabo la tarea premeditada de hacerse a uno mismo estúpido,
lisiando el ego de uno mismo.
Y eso es trabajar contra ti mismo,
cuando los otros trabajan para sí mismos.

Escuchar a cualquier otra cosa ajena a nuestras propias y apropiadas nociones es
duro esfuerzo, pero escuchar a Dios impone
pérdida de libertad intelectual
para sondear en una Mayor Inteligencia.

María, reducida a una vida de escucha,
aprendió a no oír nada más.

La opinión pública acerca de Jesús pasaba de largo.
Los chismorreos de Sus hazañas
no lograban su captura.
Las dudas,
las calumnias,
en poco interés lo tenía.

Ella no escuchaba ni siquiera el menosprecio
de su propia familia.

La atención de todo su ser
—mente, corazón y cuerpo—
estaba empleada,

sobrecogida por un Divino Hechizo
que hacía que el mundo se desvaneciera.

LA PERSONA

Dios se hizo persona.
¡Dios residiendo en Su propia creación!
El que nos hizo, andando como uno de nosotros...
¡Sorprendente!

Ya que no podíamos unirnos a Él
—nacidos muertos por la caída de Adán—
se encogió a Sí Mismo
en nuestro reino... para ser descubierto.

Ahora es alcanzable. Es personal.
Pero todavía le dejamos solo en Su trono distante,
le empujamos para que habite en las categorías de nuestro dogma,
“remoto y ambiguo.”
Practicamos la vida frente a Él
pero le mantenemos lejos de nuestras pasiones.

Dios está dispuesto a ser y quiere ser
(¿Lo entiendes? ¡Quiere ser!)
el íntimo Compañero del lugar más incógnito,
el Amante Consumado del alma desesperada.

Para María, Jesús era una persona
fabulosa y sorprendente.
Lo conocía por Su nombre... Jesús.
No sólo era Maestro, Rabí, Padre.
Era una persona, conocible, íntima.
Para ella... Él no era Sus etiquetas.
Él no era Sus cargos y cometidos,
Él no era ni siquiera Sus milagros para ella.

Él era el compañero de su corazón,
la ha tiempo perdida pareja de su alma, el término
de su propio ser, el espejo de su creación,
el secreto de su misterio.

Dejó que Él entrara en su tosca humanidad
sin inhibiciones.
Expuso ante Él su alma desnuda,
para ser conocida, para ser capturada.


A través de tal descubierto acceso, ella disfrutaba ¡compenetración con Dios!
Quizás era esa compenetración a lo que Marta objetaba,
y nada tenía que ver con deberes caseros.
Ira es para los que lo contemplan.

María se movía en una relación,
afín y privada,
tan íntima que Él era su mundo,
en sí una esfera en la que ella vivía,
aislada dentro de Su Presencia.


Vino a la tierra para darse a conocer,
no acostumbrado...
a ser percibido por Su propio carácter exquisito,
y ella hubo de ser el primero a valorar profundamente Su Verdadera Identidad.

Reconocemos como Dios a Jesús,
pero como Alguien que había vivido como una Persona
—humana, normal, accesible —
y ahora simpático a lo más bajo
de nuestra bajeza humana
Esto no podíamos imaginar
Eso sería demasiado, demasiado bueno!

EL CONFLICTO

María y Marta representan un principio.
Son reales pero al tiempo también...
simbolismos.

Son la carne y el espíritu. Dos maneras de vivir. Dos potencias del interior.
En guerra,
en enemistad,
ambos no puede regir.
Y no coexistirán porque no son compatibles.

Uno u otro
ha de regentar.

La carne es la ilusión de Marta:
“Sé hacerlo. Puedo hacerlo.”
El espíritu es la instintiva realidad de María:
“No sé hacerlo, no puedo hacerlo. ¡Oh Dios!”

En la familia de Dios, la Carne se convierte en obrero y el Espíritu en adorador.

El conflicto hierve entre ambos, insalvable
pues es irreconciliable.
No puedes trabajar para Dios y adorarle
al mismo tiempo.
La adoración asiente en que Dios lo es todo mientras que el obrar es la humanidad ayudándole en Su insuficiencia.
Los obreros vierten desprecio en los adoradores y se esconden de tal oficio.

Los adoradores no tienen tal desprecio por los obreros porque no tienen interés.
Están demasiado enredados en la aventura.

El principio —en sí el espantoso problema—
es tan viejo como las escrituras.
Marta María y son
Caín y Abel.

Dios rechaza la ofrenda del trabajo, la tarea de los campos.
Es la propia suficiencia, independencia
y estos en realidad son... desafíos.

Levanta la piedra de cualquier logro humano
y verás que cada “buena obra”
oculta una muerte final.

Caín trajo su fruto de sudor y diligencia.
Abel cuidaba del ganado. Lo único que hacían era pastar y crecer
por mano de Dios.

Caín ofreció su preciosa causa, una tediosa creación
de cosecha propia sobre la que orgulloso reclamaba reconocimiento.
Abel devolvió a Dios lo que Dios Mismo había hecho.
Una ofrenda viva de sangre.

Y al igual que sucedió con Marta,
la tediosa ofrenda de Caín se ganó... el rechazo.

La terrible injusticia de aquello le encendió.
Así que Caín derramó sangre inocente, la de su hermano.
La única ofrenda a Dios es la sangre. Así lo ha decretado,
y no puede ser anulada por la superioridad humana a la Absoluta Sabiduría de Dios.

Si no ofreces sangre a Dios, entonces derramarás sangre...
por venganza contra el Dios que se manifiesta en los Abeles que lo hacen.
La sangre es inevitable al tratar con Dios,
y será derramada por obediencia o por rebelión.

Los obreros asesinan a los adoradores
de una forma u otra...

Muchos son las Marías y Martas, fruncidos por la disimilitud en un conflicto atemporal.
Isaac e Ismael. Ismael, salvaje y furioso, luchó por su sustento.
Isaac meditaba en los campos y todas las cosas
vinieron a él por regalo y herencia,
sin esfuerzo.

Saúl y David.
Moisés y Josué...

Moisés el cansado líder, mediante enorme
esfuerzo y monumental paciencia nunca
entró en Canaán, la tierra de descanso.

Lo que le llevó a Moisés (Marta) 40 años de fracaso,
le llevó a Josué (María) alcanzar en 11 días.

Josué dejó que Dios fuera Dios
—entró, cruzó, conquistó—
descansó.
Nunca fácil. A veces juego sucio...
pero siempre Dios. Sólo Dios.

María y Marta son
fuerzas impuestas —en combate— dentro de nosotros.
Ambas viven y advierten su presencia por presión
interior. Y constituyen una crisis de opciones.
La elección es totalmente secreta... e interna.
¿Cuál dominará?
¿A cuál fuerza sustentaré, dejaré que me posea?
La lucha es el sendero propio de la arrogancia.
Puede ser la febril tarea de hacer algo
o la infructousa búsqueda de ser alguien.

La adoración es la necesidad más instintiva.
Adorar al trabajo es una mezcla de ruinas
y la implacable tentación de nuestra naturaleza.

El conflicto es eterno... con repercusiones eternas.
La elección es... por siempre una.

CONOCIDO

Saber de Dios es una cosa
pero ser “conocido” por Él,
ah, esa es la dicha de María.

“... pero si alguno ama a Dios (con reverencia de afecto, pronta obediencia, y reconocimiento agradecido de Su bendición) es conocido por él (reconocido como digno de Su intimidad y amor, y es poseído por Él).”
1 Cor. 8:3

Le conoces al ser conocido,
al dejar que Su invasión te posea,
al tener una casa sin puertas
y las ventanas abiertas de par en par.

Y al mirar en el espejo de Su mirada
ves tu verdadero ser
a través de Su visión...
Siendo Su percepción el único conocimiento verdadero
de tu enigmático ser.

En su ilimitada imaginación, soñó tu ser y
te creó en específica cualidad divina.
El Diseñador
conoce
Su diseño...
también sabe cuánto ha desfigurado
tu intromisión el original.
Todo esto se ve cuando le ves...
reclinado a Sus pies.

En ese lugar de silencio, todo lo que sabe de ti
—y de Sí—
ha de ser también, tu secreto.

LA NECESIDAD

El contraste entre ambas está trazado,
en deliberada proposición dispuestas una frente a otra,
percibiéndose en mayor clarividencia
ante el reflejo contrario.

Marta avanzaba engalanada en su autosuficiencia,
María se acurrucaba en el nido de su insuficiencia.

El rumbo de María anclado por su abyecta necesidad.
Sus motivos poderosos,
constreñidos por esta desesperación suya.
Se arrodillaba porque le necesitaba,
escogió porque precisaba de Él...
de su Suprema Necesidad.

No eligió porque “supiera” elegir.
Eligió porque era suficientemente honesta como para
vivir su innata penuria.

La elección era el resultado de su necesidad.
La elección no era noble opción,
encaramada en el despertar de su superioridad.

No, sino grata inferioridad
en virtud de la cruda necesidad.
Su necesidad de Él era gozo... no el sonrojo de la desnudez,
ni la vergüenza de extrema
carencia.

María aceptó su profundo vacío humano
con todo su dolor y humillación y
lo llenó sólo con
Jesús... su ocaso.

Alma yerma la suya que reconoció en Él su Existencia.
Su hambriento corazón creyó en Él su Sustento.
Alma inquieta que sabía que Él era su Realidad.

María consintió en su vacío.
Marta llenó su pozo con... ella misma.

María escuchaba porque estaba
desesperada por oír.
Marta no se sentaba a Sus pies porque
¡no necesitaba oír de Él!

La necesidad es la gran dádiva de Dios.
Cuando permitió que optáramos en nuestra independencia de Él
allá en el Edén,
no nos libró de este nuestro necesitarle,
y en carencia de Él,
camino de vuelta que lleva a Él.
La necesidad es el llanto en crisis de nuestro núcleo interior:
la vil e inicua carencia de... Dios.
Y nada —ni logro ni persona—
llenará esa
contrita oquedad.

Pero es una pesadilla ser olvidado, un espectro
harto terrible de encarar, harta locura admitirlo.
Esto que ocultamos siquiera de nosotros mismos,
tosca y primaria carencia,
siempre arropando la frágil desnudez.

Humanidad que en mutuo acuerdo encubre esta
interna bancarrota.
Validamos la mascarilla del otro.
“Si tú no lo admites, yo tampoco.”

Pero el mendigo honrado sopesa solitario,
“Habré de ser sólo yo.
No parece que padezcáis esta misma
trastornante fosa de escasez.”

La pobreza de espíritu espinoso es un aliado,
compañero de vergüenza,

El cual –—si es amigo—
habrá de guiarte al Reino
que será tu lugar de formidables tesoros.

María se acostó en licenciosa satisfacción con
su palpable miseria y
sacó de quicio a sus espectadores.

Sólo un principio en el reino: recibir.
TODO ha sido entregado.
Lee el Libro y ve.

Pero, sólo los hambrientos, obtienen alimento.
Los enfermos sólo admiten cura.
Y sólo son llenados los necesitados.

Haz tregua con tu horrible carencia,
rinde tu existencia solitaria a ella...
entonces podrás recibir.

Cuando puedes recibir,
el tuyo suplir es inmediato
porque
“consumado es.”

Y entonces tienes todo lo que... tú necesitas.

¡En Él!

UNA POSESIÓN

“La cual no le será quitada...”

La opción de María hubo de afianzar la posesión... descrita como permanente e inviolable.

Nada que pueda nombrarse o tocarse permanece.
Y nada es “mío.”
No hay nada
—posición, lugar, objeto, fama—
que sea estable,
seguro,
fidedigno.

Ninguna persona es “mía...”
Ni los que provienen de mi cuerpo,
ni los que hacen pacto conmigo,
ni siquiera los que escogen ser míos.
Pueden serme arrebatados
por potencias más allá de mí ante las cuales...
mi incapacidad es total.

No puedo fraguar ninguna relación.
Nada puedo proteger.
Ningún poder a poseer.
Ninguna capacidad que preservar.

Lo que aferro, mato. Lo que quiero, prender no puedo.
Lo que busco poseer, al apresarlo me traiciona .

Toda buena cosa de personas y tesoros pueden entrar en mi vida,
pero nada tiene mi impronta,
ni mi seguridad.
Nada es “mío.”

La verdadera verdad es que no tengo
Nada ni Nadie.

Todo prestado, temporal, pasajero...

Vivimos un tiempo prestado, en lugares temporales,
en acelerada actividad.
Toda la vida es una frágil hebra, una mecha en vacilante parpadeo,
que pasa sin nada que se mantenga.
Esto sabemos en las profundidades de nuestras asustadizas almas,
y la historia al completo lo atestigua.

Me llama Él para que todo lo deje por causa de Su nombre.
Tierras, casas, familia, amores
pero su llamado es para sólo dejar
una ilusión de seguridad,
la fantasía de ser jefe
en la presunción de un derecho dado en tierra,
bajo el auspicio de algún papel que arde:
proeza, certificado de nacimiento, contrato matrimonial,
nacionalidad, árbol genealógico.

Su llamada es total
incluso al abandono de mí propiedad de mí.
No puedo guardar mi salud, mi entendimiento, mis percepciones. Y sencillamente es una llamada a la verdadera realidad, la verdad sencilla de que
ninguno de estos son míos,
una llamada para dejar la presuntuosa propiedad de aquello que verdaderamente
jamás he poseído.

En esta horrenda humanidad que
está presa en mundo corrupto,
precisamos permanencia,

algo no sujeto a la tiranía y ruinas de lo humano,
algo intocable por los esfuerzos naturales.

En desesperación engendraremos esta seguridad
en propiedad.
“¡Mío! ¡No lo toques!”

Cementamos nuestro pequeño dominio de piedras
y lo llamamos “Hogar”,
salvaguardia inconmovible, imperecedera.

En la sombra de su falsa cubierta
descansamos y nos mentimos
al confiar en su seguridad.

Una Roca necesitamos, no sujeta a
injusticia ni sujeta a miseria.
Esta no es mas que carencia humana en virtud de extrema debilidad.
En toda nuestra falsa bravata, chiquillos en rabieta,
faltos de ayuda y ropa.

Es Dios la Roca. Irreducta. Indivisible.
Lo único sólido entre tanto fluido...
El Refugio Aislado que es capaz de proteger
porque es el Único
que controla, posee y dirige TODO.

“De Jehová es la tierra y su plenitud;
El mundo, y los que en él habitan.”

Nada ni Nadie existe para mí. Todo es de Dios y todo existe para servir a Su Idea... de la cual yo sólo soy uno.

Toda propiedad, TODOS los derechos de propiedad son de Dios.

Todo lo ha comprado por precio de costosa
Sangre Sacra.
Tiene todo derecho legal para con Su propiedad.
Nosotros, los crueles usurpadores de Su dominio.

Puedo poseer al Todo y Único... Dios.
Es Él Todo lo que tengo
en verdad la única posesión posible.
Pero Él es TODO lo que necesito y el Único que preciso...
Y eso es permanencia
inmutable, inamovible.

Dios es mío. “Yo seré tu Dios.”
Su propia sentencia de permiso
de poseerle en franco aferro,
un envite a mi absoluto "derecho" de
Su presencia en mis días.

No puedo franquear mi necesidad de Él.
No puedo exigir en demasía de Él.
Este gobierno suyo sin feudos,
mas bajo ese precepto
que Él ha dispuesto
de poner todo su cielo
a los pies de mi hambruna.

Si soy suyo,
entonces Él es mío...
y todo lo suyo,
es mío.

Dios nada ha retenido. “¿Si nos ofreció a Su único Hijo no nos habrá también de dar todas las cosas?”
Al no poseer nada excepto a Dios, poseo todo
lo que Él posee.
Y eso lo comprende... Todo.

Lo que María escogió buscar... estrechar... poseer
así mismo la poseyó y vino a ser el Anhelado Tesoro
sobre el cual obtuvo licencia perenne.

Cristo era su Salud personal, su Premio de Vida,
su Hogar.
Ni hombre ni naturaleza podrían desarraigar o arrebatar esta posesión.

Ningún mal podría dislocarlo.
Ningún enemigo robarlo.
Él,
el único Imperecedero,
el escondrijo de su espíritu.
Y nadie podía entrar,
menos aún hurtar.

Si eres suyo, Dios es tuyo.
Y lo suyo se hace tuyo,
para arropar tu desflorada existencia
y sostener tu maravilloso destino
por Su riqueza.

Aquello que se deja en libertad en Sus dominios
habrá de ser
privada, abrazada propiedad.
Y todo su Poder Colosal es otorgado
en su cuidado e íntegra protección.

Él Mismo se ofrece. ¿Lo entiendes? ¡Él!
sin reservas,
hasta el fin de la profundidad de tu carencia,
desde el ahora de una sencilla existencia
hasta la insondable eternidad.

LA TUMBA DE LÁZARO

La mortal hediondez y putrefacción sólo son
harapos que se desprenden en la presencia de Jesús
cuando Él dice tu nombre.

LA ALDEA


“Estaba entonces enfermo uno llamado Lázaro, de Betania, la aldea de María y de Marta su hermana.”
Juan 11:1

La aldea... ahora narrada como de María.
Había sido la casa de Marta.
Estacas de la linde bien definidas...
pero era la aldea de María.
No tenía ella cerca ni frontera.
Jesús era su hogar,
no tenía otro.

El trabajo obsesivo te confina al círculo donde
viven tus labores,
jaula de estrechez.
La vida de Marta estaba tapiada.
María —desatada— libre de “lugar”,
se mudó a un mundo mayor.

María,
al hacer de Jesús su centro,
se hizo ella misma
el centro
de su perplejo mundo...
como estamos a punto de ver.

Cristo es el eje de la historia, el cruce de todo asunto
y cuando Él es el núcleo de tu cuento,
inconscientemente te conviertes tú
en el centro de tu mundo,
un enfoque para el perplejo.

“...y muchos de los judíos habían venido a Marta y a María, para consolarlas por su hermano.”

“Entonces los judíos que estaban en casa con ella y la consolaban, cuando vieron que María se había levantado deprisa y había salido,

la siguieron...,
diciendo: Va al sepulcro a llorar allí.”
Juan 11:19,31

Los endechadores de Jerusalén permanecieron al lado de las mujeres afligidas.
Y cuando Marta fue a confrontar a Jesús,
se quedaron junto a María.

Marta se encontró sola con Él, sin audiencia.
Ella que quería audiencia, actuar ante la multitud,
no tuvo a espectador alguno en interés.

Pero cuando Él convocó a María, ellos la siguieron.

Las Martas espigan respeto. De ellas pensamos bien.
Pero no inspiran fascinación
y no evocan misterio.

No aprobamos las Marías ¡pero no podemos
dejar de observarlas!
Viven ellas en una esfera deliciosa desconocida para nosotros.

Cuando las Marías van, la aventura va. Cuando Marta fue tenía conversación doctrinal... y los muertos muertos quedan
pero cuando María fue... los muertos viven.

La influencia jamás es consciente.
Si fuera consciente sería manipulación
y no inspiración.

María atrae adeptos que la aman.
Mas en poco queda apercibida,
incluso en gran ignorancia,
de su atractivo.

El poder de influencia es
una esencia
más que un discurso,
un misterio
en vez de explicación.

David era una María.
Siquiera en su avergonzante exilio,
condiscípulos se le congregaron
en feroz lealtad de amor por él
y por ese amor que desea compartir
el mortífero peligro en el que vivía.

El mundo desaprueba de María mas
no resiste su magnetismo.
El mundo de las gentes adora a Marta mas
sabe que no sostiene misterio.
¿Quién habría de seguir a la lengua ácida
y la gastada queja?

Marta le ofreció al mundo sus esfuerzos y labores,
y el mundo estaba aburrido.
María distraída mostraba Cristo al mundo
y fueron cautivados.

Aquellos espectadores no se prendaron de Marta
ni cuando marchó a encontrarse con el Salvador.
Pero bastaba mirar a María llorar ante la tumba,
para incitarlos a ceñirse y marchar.

AMOR SIN FAVORITOS


“Y amaba Jesús a Marta, a su hermana y a Lázaro.”
Juan 11:5

El amor de Jesús es indiscriminado. A todos ama.
Jesús amaba a Marta.
Su corrección ni lo menguaba ni lo refutaba.
Su amor es absoluto para cada persona.

Él ama porque Él ama.
Él no ama a causa de nada.
Te ama sin razón. Nunca le darás ninguna.

Marta se menciona aquí la primera.
María, empequeñece;
que Él la amaba, era obvio.
Marta, imposible de amar, era amada por igual.
Y ese Amor por ella confrontó y reprendió.
¿Por qué?
Porque deseaba su amor y el de María.

Su esfuerzo febril la dejaba lejos de aquel
amor que intentaba ella obtener.
Él amaba demasiado para
dejarla pasar y abandonarla a su noble delirio.
Su error le costó ÉL,
pero también a ÉL le costó... ella.
En el reproche del Señor,
el amor nunca está en crisis, nunca se ve amenazado.
Su amor es constante, un amor que no podemos
destruir por una búsqueda mal encaminada,
ni por nuestro necio eludir de Aquel.

La pasión de Su reprimenda,
obvia en la lengua de Grecia,
¡revelaba la angustia que le ocasionaba!

Jamás pensamos que se ve afectado por nuestra
actitud nómada.
Le vemos como si fuera como nosotros.
“¿Qué me importa?”
Mas quebramos su corazón y desgarramos su
Alma Santa al intentar ganar
lo que Él solloza por dar.
Por resistir Su lazo de amor hacia nosotros.

El amor de Dios y Su deleite son cosas distintas,
inconexas por aislamiento.

Mientras que María le agradaba por su elección,
Marta partía en una senda infructuosa
que preocupaba al Señor.

Así pues Jesús invadió su alboroto
para despejarle
la visión de una vereda diferente.
El Amor de Dios es tal que
habrá de guiarnos mientras luchamos con Él,
y mantendrá la opción de escogerle siempre
de par en par.
Esta es la bondad y compromiso del Amor Divino
que no muda lo más mínimo por
nuestro fracaso de amarle e incluso por...

la ceguera ante el hecho de que no lo hacemos.